Puntos.

Ahí están de nuevo esos demonios…

Ahí sentados. Mirando.

¿Por qué será que se esconden en las sombras de los pensamientos y aparecen lamentándose en las sombras callejeras?

Sin explicación llagan lo que ya no existe,

no comprenden que esa carne carcomida es sólo espacio.

La motivación y el optimismo son intermitentes o es que los refugiamos en una razón efímera.

Las ideas palpitan en las conexiones sinápticas, no llegan a la boca,

desesperadamente buscan cómo mezclar el vocabulario con alcohol para que el hígado lo exteriorice.

La palabra gramatical es superficial, las miradas se enfocan sobre el muro, ven más allá pero no atraviesan el dolor.

Agonía… ¿no estás cansada de ser invocada por frívolos escritores? ¿No estás cansada de refugiar en tus hombros las razones?

Ese cansancio… cómo explicar ese sentimiento de agotamiento, no físico, no mental; ese agotamiento de espíritu, de llevarse puesto.

Sonreímos… no se puede disfrutar ni un poco de ese cambio, los demonios siguen ahí.

No sería molesto cargar con ellos si se revelaran como son,

y si no pueden estar refugiados, envinágrense en las miradas de los demás,

en los prejuicios, en ellos, en los que respiran alrededor,

pero, sean libres y no dependan más de esos cuerpos

porque aunque parezcan fortalecidos siguen siendo la misma carne de los no vivos.

porque es la única forma en que puedan existir.

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Un cuerpo para la doctora.

Cincuenta y nueve, cincuenta y ocho, cincuenta y siete, cincuenta y seis… Se bajó del colectivo, nadie la esperaba, como siempre. Tres cuadras en línea recta y luego dos a la izquierda, tres bancas, una tienda, dos camiones para llegar a la clínica, una casa vieja que había sido adecuada para recibir a los enfermos del pueblo. El conteo era perenne como los días aburridos que la perseguían desde hace dos años. La tarde inundaba de serenidad el consultorio que permanecía intacto, ni un sólo movimiento, ni siquiera de ella.

-Doctora, es urgente. Se levantó emocionada esperando tener un acontecimiento médico importante, hace días que los pacientes se habían extinguido, pero era de esperarse, el pueblo desolado hacía que los virus huyeran con los que prometían más vida. Corrió detrás de la anunciante para llegar a la funeraria. ¿La funeraria? se preguntó ella, acaso la muerte acechaba a quien despedía a los muertos. Colocó su estetoscopio sobre el cuello, y los guantes resbalaban por sus manos cuando entró a la habitación, un cuerpo azulado yacía sobre la mesa fría de metal. se abotonó el mandil de la sensación, y se acercó al cuerpo esperando encontrar un pulso, buscó detrás de la mesa, en el baño, en los cajones donde los utensilios que tocaban carne muerta se inmaculaban. ¿Dónde está el embalsamador? preguntó la doctora. La mujer frunció el ceño, – ¿el embalsamador? Hace una semana se fue del pueblo con la cajera del supermercado. La doctora irritada le dijo -Entonces ¿Para qué me llamó? No hay más que un cadáver aquí, es obvio que es tarde para él y soy de ayuda sólo hasta el último suspiro. La mujer avergonzada sabía que la doctora podía hacer algo por ese cuerpo, resucitarlo no era una opción, pero cumplir con el rol de embalsamador sí. Sutilmente miró a la Dra. y casi por adivinanza ésta se dio cuenta del motivo de su llamado, mucho antes de que la mujer haga la petición formal, sus labios proclamaban la negación. Por favor Dra. es la única que puede hacerlo, suplicaba la mujer. Este hombre es digno de una sepultura y merece que su familia y sus amigos lo vean por última vez.  Lo siento, dijo, entiendo su frustración pero yo no respondo a la muerte. La mujer empezó a llorar y aunque le causaba repulsión la idea, el hecho de ser “la doctora” la había puesto en esa situación, por lo que le dijo a la mujer que lo haría. Mientras regresaba al consultorio pensó en que lo más grave de la situación no era tener que hacer algo que no le correspondía sino que ella no se sentía a gusto con la muerte. Habiendo asistido a una clase de medicina forense hizo una lista de las cosas que iba a necesitar: cuatro litros de formol, cinco jeringuillas de Gullón, dos cajas de guantes y mascarillas. Antes de tomar el colectivo de regreso le entregó la lista a la mujer.

Cincuenta y cinco, cincuenta y cuatro, cincuenta y tres… Al volver a la mañana siguiente, tenía claro que no podía hacerlo sola, si iba a profanar un cuerpo, buscaría a alguien que lo hiciera con ella. Pero quién podría hacerlo, si la habían buscado a ella por ser la única médico. De repente recordó que la primera vez que llegó, la enfermera, que también había abandonado ese pueblo, le comentó de un odontólogo que vivía cerca de la estación, así que antes de ir al consultorio pasó por su casa. Era una casa gangrenada, las puertas y ventanas de metal se habían oxidado. Tocó la puerta tres veces y un hombre alto, de tez media con una enorme boca le abrió, tenía unos ojos muy dulces, almibarados, extrañamente le generaba confianza y unas tremendas ganas de besar. La doctora lo miró fijamente, y sin contarle detalles, le preguntó si podía asistirla en el embalsamiento, no necesitó decir mucho, pues se había regado la noticia de la heroica decisión de la doctora. Gustoso dijo que le encantaría, así que partieron  hacia la funeraria.

El cuarto se había vuelto más frío de lo que recordaba, una lámpara de luz blanca guiaba la estructura del cuerpo recostado, retiró la sábana que lo cubría y al verlo cerró los ojos y suspiró. Habían adecuado todo para la Doctora, a su derecha una mesa de mayo, en donde ordenadamente habían colocado las cinco jeringuillas, una a lado de otra, el bisturí y toallas de alcohol. Al otro costado los litros de formol. El odontólogo se acercó por detrás y le colocó la mascarilla suavemente, le ayudó con los guantes. La doctora rompió la agradable tensión dando la orden para comenzar. Dos horas, cuatro horas, seis horas, fueron necesarias para extirpar los órganos, uno a uno fueron sacados de sus cavidades, la humedad que revestía los guantes cautivaban su espíritu, las jeringuillas tuvieron que ser inyectadas con fuerza, eso soltó una mueca de deleite, para que atravesará la callosa piel sin sangre, el éxtasis fue mayor cuando veía como el odontólogo suturaba, puntada a puntada el placer crecía, el ver la aguja perforar la piel, como en cámara lenta, el ver como se alzaba y se volvía a unir hervía sus fluidos. Llegó la familia a retirar el cuerpo, el odontólogo y la doctora se quedaron para arreglar todo y quitarse el alma ajena. Mientras guardaban las cosas, ella lo rozó y él se regreso, la agarró fuertemente y la giró, su pelvis se apoyó sobre la mesa, la presión corrompía su espacio. La doctora se sentía hechizada por el olor que forraba la habitación. Él le dijo una vez más, por favor. Ambos sabían que era imposible que hubiera otro cadáver en poco tiempo cuando en el pueblo escaseaban los cuerpos vivos. Mientras sus miradas delataban lo único que podían hacer para sentir a la maravillosa muerte, la puerta principal de la funeraria sonó, sin planearlo, el odontólogo tomo el bisturí y se colocó junto a la puerta, mientras la doctora abría con una gran sonrisa.

Cincuenta y dos, cincuenta y uno, cincuenta…

Una muerte en papel.

Un día se levantó, y al igual que todas las mañanas, observó el techo de la habitación que la había acogido esa semana. De un brinco en la claridad de la oscuridad se levantó y se vistió. Durante cuatro horas caminó por toda la pieza, advirtiendo a sus propias ideas, frenándolas para que dejarán de molestarla. Estaba cansada de sentir ese “pensamiento”, de sentir que era capaz de apoderarse de ella cada vez que le complaciera y que retrocediera todo el progreso que ella hacía para liberarse de si misma.

Las ventanas se volvían frías y las frazadas no alcanzaban para borrar a ese personaje que se vestía igual a ella y que repetía lo que no quería escuchar más, aunque su consciente tratará de enfrentarlo, su crueldad era más ávida, la dejaba con sed y con ganas de arañar su propia piel. La conversación eterna de qué ella conocía lo que debía hacer y la lucidez de qué era hora de hacerlo, ya sea fácilmente por las plantillas que el propio sistema le ofrecía o porque no podía vivir más al son de las notas de su destino. Al fin y al cabo era latente y severo, la persecución de su propio pánico, las ganas de vomitar que habían regresado, las ganas de llorar que se ahogaban en su garganta y que dolían. Todo eso que había parchado una y otra vez para que no se viera, con ese positivismo que ella intentaba desde el corazón con sus amigos para no arrastrarlos y para sentir al menos, en esos momentos en que se escapaba de ella, que su realidad no existía más allá de la realidad que podía inventar cuando estaba acompañada.

Cansada del sabor de aluminio que le dejaba ésta idea, quiso aislarse como un viejo hábito. Sabía la rutina que sencillamente la haría pasar desapercibida, así que desconectó su teléfono, y decidió escribir una nota lo suficientemente clara como para que si alguna vez lo notarán, las dudas que aparecieran se resolvieran solas y con el tiempo se olvidaran porque en la simpleza del acto no tendría sentido alguno. Agarro su mochila, vacía más que nada pero para no levantar sospechas, tomó el colectivo que la llevaba al borde del río, donde yacían los restos de la memoria colectiva, el lugar que alguna vez unos labios habían prometido llevarla, un pasillo de agua dulce donde las cañas descansaban, y donde se podía ver al sol bañarse entre tanto cemento y vidrio.

Caminaba a su propio ritmo, con miedo a que escucharan los presagios de su caminata aceleraba el paso y lo alentaba por propia consideración. El pensamiento seguía devorando sus neuronas, pero a cada paso sentía que por primera vez no importaba que tanto quemara, al final del recorrido fijado por ella misma, habrían desaparecido junto con ella, y con todas las ideas de un futuro que ella obligaría a borrar. La noche empezaba arropar la tarde fresca, y a los pasos invisibles que quedaban detrás después de cada minuto. Caminó lo suficientemente lejos como para ser un punto más del horizonte. El viento complaciente la acariciaba como frenando su decisión, retrocediéndola unos pasos, dándole unos centímetros en esa cima para que tuviera tiempo de medir su arrepentimiento, el agua tranquila, reflejaba la sabiduría del cansancio de su mente en ese punto, en ese estado, en esa dimensión en la que estaba detenida. Dio un suspiro largo, apretó sus ojos para convencerse de que era lo que tenía que hacer. Retrocedió suavemente, y el impulso que agarró para correr hacia adelante la hizo detenerse en el borde y arrodillarse para regalarle a las modestas aguas un poco de su esencia salobre. Mientras el estómago se le apretaba y las lágrimas se secaban con la brisa fría, la noche sin luz aconteció. Se quedó sentada en el borde, con las piernas suspendidas por la gravedad y adormitadas por la sangre que no fluía, el pensamiento empezaba a volver, pero había disfrutado ese lapsus en blanco que la había llenado de quietud. Consciente de un intento fallido, se levantó y tropezó con una pierna, la mochila la ayudó a incorporarse y a calmar la descarga de adrenalina del momento.  Agarró sus cosas y salió corriendo antes de qué la vida le hiciera cumplir su acto de debilidad o de valentía… nunca lo sabría.

Saltó la cerca y se incorporó al camino, la luz no existía, sólo el resplandor de una luna tímida. Empezó a caminar, un poco aliviada y sin escuchar el tormentoso nuevo pensamiento que se inauguraba en su cabeza. La falta de luz acentuaba el movimiento y la percepción de otros cuerpos, unos muy alcoholizados yacían en las escalerillas del borde, un par de chicos sintieron su presencia, y se acercaron hablarle.

La mañana era fría y cálida, indecisa más que todo. Los periódicos adornaban las entradas del domingo y las tazas de café en las camas le daban el aroma, mientras un título en el diario inauguraba las conversaciones de la semana, en la que una pobre chica se había convertido en víctima de antisociales. Y que más allá de todas las especulaciones que se harían frente al infortunio acontecido, nadie más que ella, no sería lo suficientemente consciente, por primera vez en su martirio, de reconocer que se había convertido en víctima de sus propios deseos.

 

Carne y polvo.

En la cumbre de los deseos se ahogan los placeres

esos que se filtran entre las piernas

aquellos que huelen a alma, aquellos que saben a lujuria.

Y entre ellos me revuelco,

como grandes almohadas que abrazan mi cuerpo

piel y tela en las horas pesadas.

Y me hundo y se hunde en mí y se secan y me mojan.

Escuchan gemir la esperanza de mis propias mentiras

las mentiras que te inventan,

y que regalan las erecciones que ya no me dejas sentir.

el amor con pasión desmedida, el sexo con

penetraciones delirantes, la sed de mi garganta,

tus dedos en mis pezones y la demencia del vaivén.

 

Confesiones de una puta

Su descanso llegaba en eso que no era el alba ni la madrugada, ahí donde los sabores amargos se pronunciaban más, la garganta estaba tallada, y la entrepierna desgarrada. Las horas parecían transcurrir en cada pestañeo, pero el limbo que ella misma había creado, le permitía imaginar una cápsula temporal de todos sus pacientes catalogando a los que podía amar, a los que castraría, y al único, aquel hombre que no se había convertido en su amante, ni siquiera porque ella era capaz de inventar las estrategias más audaces para hacerlo digno de su amor nocturno.

Cada personaje era una mentira lejana, todos con distintos nombres, aromas, técnicas, grosor y largo. Juan; por ejemplo era tan directo, aparecía a las cinco de la mañana, antes de que el camión de materiales lo recogiera, con él no había charla, no había juegos, la abría de piernas y la penetraba fuertemente, ella sin llegar a lubricar, sentía su pene hirviendo y erecto, sentía la contextura de las venas gritonas raspando sus paredes gastadas. Sus manos apretaban sus glúteos como pinzas de crustáceo, eran tan ásperas que quedaban grabadas como ruedas de autos con el acelerador a full. Para él solo había un orificio, que alcanzaba fácilmente en una sola pose, la recostaba, le ponía el rostro hacia un lado, le alzaba la falda, y entraba…y luego salía, así hasta que toda su esencia quedaba dentro de ella. Se había ganado ese “adicional” ya que su útero vibraba a ese ritmo, tal vez por el tiempo, o porque simplemente se había agotado de tantos shows y trucos para excitar, que la forma más simple y vana le bastaba para gemir con ganas.

Agustín por otro lado, era el hombre más dulce y educado que había tenido en la cama, pedía permiso y acompañaba todas sus acciones con caricias y apodos tiernos. Llegaba después de las seis de la tarde, le decía mi negrita, mientras subía sus manos suaves por las pantorrillas para llegar a la parte interna de los muslos y levantar sus piernas, sacaba su lengua rosa y mentolada; y empezaba besando ese monte carnoso que apretaba el clítoris. Que lindo este botón, tan durito decía y pasaba su lengua para comprobarlo. Él gastaba mucho de su tiempo en besarla donde muchos solo se estacionaban, gran parte del tiempo que él pagaba no era para su placer sino para el de ella, para tomarla de su cintura, le agarraba la nuca, le daba un beso en la clavícula, y le preguntaba si estaba lista para dejarlo pasar, cuando ella asentía con la mirada, él entraba tan despacio, y tan fácilmente que parecía flotar en ese espacio, el hoyo negro quería absorberlo todo, pero él le pedía paciencia mientras llenaba de besos a los planetas que se ubicaban al norte. Agustín tenía un fuerte complejo de Electra, había deseado mucho a su mamá y condenaba a su padre por ser tan grotesco al poseerla, durante siete años tuvo que ver como la golpeaba, esto le hizo prometerse que todas las mujeres que estuvieran en su cama serían tratadas con tanta suavidad como le hubiera gustado que tratasen a su madre o como él mismo la hubiera tratado. Al final tuvo que pagar por dar ternura sexual porque las mujeres huían desesperadamente de él.

La cantidad de amantes que había tenido en su vida se iban perdiendo en la lista que cada limbo organizaba, muy pocos los recordados que le cabían en los dedos de la mano, a pesar de que todos habían pasado por ahí. Recordaba en las noches de luna al famoso Vladimir, un guitarrista de la cantina, que perdía su tiempo componiendo canciones que el mismo decía que nunca vendería. Vladimir había abusado tanto de las hadas verdes y su amiga el éxtasis que había logrado pararse en la línea en la que absolutamente toda experimentación haría un aporte significativo a la humanidad, o al menos eso creía. Él llegaba a su habitación con los juguetes más exóticos y las ideas más perversas o deliciosas que se podían probar. Ella sentía que la presencia de Vladimir era como asistir a un Congreso en el que podía enterarse de todo y actualizarse como los médicos que agregan ceros a sus consultas después de estos.  Nunca pudo negar que se divertía mucho con Vladimir, o que los mejores orgasmos los había logrado con él. La última tarde que lo tuvo en su cama, Vlad había descubierto el LSD, estaba tan inspirado que había llevado a un amigo para que lo ayudará con su elaboración magnífica, una silla que permitía dar la vuelta al mundo mientras se conseguía la penetración anal y vaginal, era una silla para tres. Vladimir se sentó y se colocó el arnés alrededor de la cintura para fortalecer la erección y le pidió a ella que se sentara sobre él, la penetro por el ano, ella sentía como las lágrimas y el placer se mezclaban en esa suspensión aérea, luego le pidió al compañero que había llevado que la penetrara por la vagina recostándose sobre ella, termino de colocarle el arnés, y todos ya gemían, Vlad jaló la cuerda general, y los tres quedaron suspendidos en el aire, mientras un motor los giraba en 360, dependiendo de la gravedad y el ángulo, las penetraciones eran más intensas, así se dieron vuelta los tres por al menos media hora recorriendo el mundo en un punto fijo, intercambiando medios, y gritando al son del calor que solo los hacía pedir más.

Entre recuerdos y recuerdos ella perdía su mirada en ese horizonte pensar, algunas veces reía, otras lloraba pero siempre para ella misma, en silencio, hasta que pasaba su querido Nicolás. Un profesor de física que pasaba todas las medias tardes por su entrada. Nicolás se paseaba con esa mentira encantadora de buen hombre, con ese silencio perturbador, con ese torbellino que la envolvía y que no era más que el reflejo de sus palabras y su imaginación. Ninguno de sus amantes ocupaba un lugar tan grande en sus pensamientos como él y aunque no tenía anécdotas para recordar, ella había ido inventando en cada hombre un poco de Nicolás. Imaginaba que tenía la piel tan suave y tan apretada que no serviría ningún adjetivo conocido para halagarlo. Aquella tarde se había puesto la falda de lentejuelas con la que se ganaba los mejores clientes, los pechos duros que besaban su blusa a punto de reventar porque los días ya advertían la lluvia de sangre y el corazón frágil, porque a pesar de qué ya estaba acostumbrada a esos ir y venir, el corazón se le había gastado pretendiendo amar a cada uno de los que invitaba al tercer cuarto del motel donde tenía descuento porque al que ella quería amar, no lo tendría jamás.

Se daba cuenta que las mejores mentiras se las decía a si misma, pensaba en el dinero, en el confort, en la serenidad de no tener que atarse a nada ni a nadie. La fragilidad era para ella algo efímero, la felicidad intangible, nada podía durar demasiado en el tiempo ni siquiera sus ganas por Nicolás. La vida irónicamente le mostraba su reflejo en ese espejo de motel, en esos 200 pesos de propina, esa imagen que ella había adornado con el tiempo para prolongar el delirio, esa imagen llena de lujuria que estremecía su propio estómago, los vacíos de la inmundicia, de ese cuerpo comulgado por todos. Una vida sin pena, porque el amor había pasado desapercibido en tantas pasiones, pero con un sin sabor de haberse perdido una vida. Y para qué si a pesar de que hay registros de visitantes, turistas y negociantes que reservaron su cuerpo de acuerdo a sus incumbencias, y que tuvo su popularidad entre los susurros, nadie la recordaba, ni siquiera habían preguntado por su nombre, para ellos el amor se limpiaba con agua, para ella con un papel higiénico. Ahora se pierden los registros mientras fuma los papeles anónimos, esos de colores que compran cosas. Y lidia con las plagas, las ratas que dejan gangrenas, porque entre recordar y recordar no hay tiempo para contar una historia, solo fragmentos, prólogos de lo que puedo haber sido cada uno de ellos, pero que estaban destinados a nunca ser.

Mi propio verdugo

De pasos agrandados late el negro que ya no brilla con el sol,

me obligo a correr, me obligo a huir.

La punta de la capucha, corta la mirada del horizonte,

la de mi cuerpo, que quiere taparse con el viento.

La madera pesada que arrastra mis abolladuras,

las de las piernas pesadas.

El frío metal que refleja el tiempo del día,

como el tiempo de mi útero.

La cuerda rasgada que ha de romper,

todas las promesas que me hago,

a defraudar mi corazón y

sabotear mi existencia.

Soy mi propio verdugo.

Me dejo ver el amanecer, me dejo ver el atardecer

y cuando no estoy viendo me cuelgo de la sombra del árbol.

Fluye en la felicidad que me rodea y,

soy necia porque me la pienso robar.

En todo abismo personal

me cuelgo con una banca por debajo

para crear drama.

 

Nos deshicimos.

Anhelábamos la compañía del otro pensando que estaría disponible por siempre. Sin preguntarnos acerca del amor entibiamos sus niveles dejándonos llevar aunque el miedo fuera perenne en esos días. Una fuerza mayor nos obligaba, como imanes, a encontrarnos en todos los tiempos, llegabas cuando te había dejado de buscar y me buscabas cuando había decidido irme. Ninguno quiso ignorar la más mínima oportunidad de engañar al extraño destino, en el que estaba escrito que nuestras almas no se unirían, y ya lo habíamos firmado.

Luchamos con todas nuestras fuerzas, una batalla independiente, cada uno por su lado, agobiándonos, victimizándonos, pensando que esa batalla era solitaria y que en nuestros hombros cargábamos la lucha de dos. Al final cada uno, solo y exhausto, maldecía el habernos cruzado, pero al mismo tiempo desistíamos de la derrota, porque no queríamos darle la razón al tiempo y mucho menos al gastado destino. Así que nos seguíamos hiriendo en presencia y queriéndonos en secreto. La maldición de ser tan parecidos, la maldición de ser tan diferentes, la maldición de tener la felicidad expuesta para nosotros, pero con una indisposición al sacrificio de nuestros sentimientos, y así nos liberábamos y aprisionábamos constantemente.

Nos dejábamos migajas en cada rincón, nos borrábamos de la mente y con todas las fuerzas de la piel; y sin embargo, la esencia impregnada del otro se descascaraba en cada baño, en cada limpieza rutinaria.

 

Ensayo de un corazón casi roto.

No hay verdad más grande que la que no se puede escuchar, o mejor dicho, la que no  dejan oír. Hay ladrones de corazones por las calles, y aunque no robaron el mío, le dejaron una grieta, las ganas de amar eran grandes y las oportunidades tentativas. La crueldad, la bendita crueldad de desear un cuerpo y las cenizas de la esperanza que no dejaron barrer cuando propuse la libertad y cuando deseé la locura del amor. Rompieron algo y no sé qué fue, desconozco la anatomía del amor y por lo tanto no sé como sanarla sin pensar y sin dejar de querer saber. Solo que una despedida sin despedida es un maldito capricho, el de no dejar ir, como maldiciendo la suerte, como lanzando al espacio eso que no tiene retorno.

Se siente dolor y la saliva amarga. La duda de la pertenencia que se extinguió cuando el giro de la historia cambió, de la que quería huir y que al final anhelé con toda mi alma. Ya no importan las palabras que el mundo escuche o las mil maneras en que haga conspirar a la suerte. Importa que se siente en lo más simple de las palabras, la tristeza, y es perturbadora, porque es asomarse a un vacío grande por curiosidad, recibiendo el vértigo que deja un latigazo en los pulmones, y hace que el corazón bombee para soltar a la banda percusionista por todos sus filiales. Siento que aunque diga las cosas no seré escuchada, siento que fui desechada, siento que encontraron a alguien, siento que me ilusionaron, pero sobre todo siento que no quieren dejarme ir pero tampoco quieren dejarme quedar.

Se siente enojo, por traicionar las ideologías que parecían imposible de destronar, por dejarme conducir a ese estado en el que solo lograba en compañía de ese cuerpo, esa paz infinita de tener alguien que quiere cuidarte, esos motivos desenfrenados de al mismo tiempo querer correr. El hecho de que inaugure un género en mi cuaderno, y que me avergüence querer escribir de ti. Las patéticas conductas de no lograr entender lo que querías, y sobre todo sentir  la certeza de que he querido quererte, por querer cuidarte y por cuidar no herirte.

Se siente felicidad, una felicidad diferente frente a todos los tipos de felicidad que puedo sentir. Siento que aunque no me quieras ver o escuchar, mi corazón no puede desearte mal, aún quiero que beses a alguien y que la abraces como si fuera lo único que puede consolarte en la tierra. Aunque no quieras dormir conmigo, deseo con toda mi piel que las noches apasionadas, o las camas eventuales no te falten. Deseo incluso que en el mundo tangible y tan humano en el que te presionas para vivir, tengas instantes de felicidad que hagan que cada decisión valga las pocas ganas de estar ahí. Se siente una felicidad diferente porque quiero que seas feliz aunque eso implique que mi existencia en la línea de tu vida muera.

Se siente paz porque dejaste que el silencio lo diga todo, aunque hubiera preferido las frías punzadas de un “ya no me importa”, “ya no te quiero”. Hay un aprendizaje que está grabado y que las acciones del tiempo fueron confirmando y archivando, las ganas se reflejan en las acciones. Me retiro con la tranquilidad de qué si apareciste fue porque tenía que ver en ese abismo, lo que mi cabeza le estaba prohibiendo a mi corazón.

 

 

Y…y…

Y un arco iris que atrapa tu alma,
y un alma cansada de observar,
y la observación que se extingue cuando la luna no está,
y lo que no está me hace querer buscar más,
y lo que está de más cuando predices,
y una predicción que se levanta de gusto a tu palpitar,
y el palpito que baila cuando ruego cariño con mis muecas,
y mi mueca de abusar,
y el abuso de tu silencio,
y el silencio expresado en tus canciones,
y las canciones que no me dedicaste,
y las que me dedicaste que luego me tocó borrar,
y el borrador que escribí para no desearte más,
y el deseo insano que hace tocarme,
y la tocada del bar donde solo me siento a beber,
y la bebida que nunca se termina,
y el término fatídico del encuentro,
y el encuentro que no va a llegar,
y la llegada que había prometido,
y las promesas que nunca nos escribimos,
y los escritos que aún leo,
y la lectura que se va volviendo difícil de conectar,
y las conexiones que no se me ocurren,
y las ocurrencias que pienso cuando me olvidas,
y el olvido que arde las ganas de llorar,
y el llanto de que no tiene sentido,
y el sentido de que no se puede alargar,
y el alargue de los perdidos,
y los perdidos que se cansaron de leer de más.

 

 

Los hábitos de la noche sin ti.

La amada noche, la chaperona del sexo y el sueño.

La mentira del descanso eterno para los que se mienten con su vida matutina,

la hora en que los niños descansan, y los jóvenes celebran la vida.

Había logrado conocer la noche como mi anatomía.

Podía predecir el ángulo de las sombras

la ausencia

y nunca, ni siquiera fingiendo que mi cuerpo estaba lo suficientemente cansado

conseguía dormir.

Soñaba con dejar de ser el espectador de la oscuridad

deseaba sentir como los párpados se cierran poco a poco,

como abanicos,

lentamente rompiendo el frágil viento que circula por esa zona,

imaginando que la corriente, entre mi nuca y trasero,

iría afligiendo mis poros y

por fin los vellos despertarían como el pasto de la montaña.

El éxtasis del descanso,

después de ti.