Los hábitos de la noche sin ti.

La amada noche, la chaperona del sexo y el sueño.

La mentira del descanso eterno para los que se mienten con su vida matutina,

la hora en que los niños descansan, y los jóvenes celebran la vida.

Había logrado conocer la noche como mi anatomía.

Podía predecir el ángulo de las sombras

la ausencia

y nunca, ni siquiera fingiendo que mi cuerpo estaba lo suficientemente cansado

conseguía dormir.

Soñaba con dejar de ser el espectador de la oscuridad

deseaba sentir como los párpados se cierran poco a poco,

como abanicos,

lentamente rompiendo el frágil viento que circula por esa zona,

imaginando que la corriente, entre mi nuca y trasero,

iría afligiendo mis poros y

por fin los vellos despertarían como el pasto de la montaña.

El éxtasis del descanso,

después de ti.

 

 

 

Rubor

Naturaleza muerta

pecas, lunares y risas.

El color de lo ambiguo

se dibuja,

para el coqueteo eterno.

Compactadas cenizas rosas,

acaramelados bronceados

modelando en frascos

rígidos y elegantes.

Las cenizas se barren

para quedarse, se transforman

para adornar sus poros faciales

reemplazan la emoción original.

Un muy mal cuento.

“Los besos son como los centavos, siempre están ahí, en cualquier  esquina, en cualquier rincón, en cualquier billetera. Las monedas parecen desaparecer cuando las buscas y te obligan andar comprando esos mismos centavos, sí, y luego andas comprando besos, y otras minutas.

Te presenté mis labios…¿los hubieras aceptado si te hubieran robado un beso? Lo intenté una y otra vez. Eres una calienta huevos, besarme era decirle sí a mi habitación, y ya has estado en otras habitaciones” 

Me dejó la nota en la ventanilla de mi auto, como una multa para hacerme sufrir, mientras me acercaba imaginaba el monto que tendría que pagar y la razón por la que merecía ese castigo.

Me acerqué lentamente y disimulando que no había notado el pedazo de papel, lo agarré y lo metí en mi saco. Me subí al auto, portando un olor azufre, el enojo tenía su propio aroma, era el que crecía dentro de mí.  Saqué el papel arrugado del bolsillo y lo estiré, noté que estaba escrito con tinta y que ningún sello me alertaba de alguna institución o persona. Empecé a leer el mensaje, sin comprender ninguna de las oraciones, mi corazón lanzó una carcajada, definitivamente no entendía nada, el corazón se reía por el alivio de la billetera, podría conseguirme la cartera azul… Me detuve a pensar nuevamente en el papel, seguramente alguien se había equivocado de auto. No era posible que Joaquín hiciera tremendo drama, pensé. Tal vez él había descubierto lo de Agustín, pero en realidad quién me importaba era Guillermo y mientras no se enterará todo estaba bien, todo era negable. La bocina me despertó de mis pensamientos, una camioneta me presionaba abandonar el puesto de parqueo, dejé la nota en el asiento del copiloto y puse andar el auto. Mientras conducía pensaba qué quería decir la nota: que había pagado por amor, que me había negado a estar con Joaquín a pesar de que estuve con Agustín, que era una interesada o que Guillermo había descubierto todo. En fin si alguien quería empezar una guerra tendría que haber iniciado firmando la nota. Llegué a casa y Guillermo se encontraba dormido en el sofá, había usado la llave de repuesto. Era muy extraño, él nunca iría a casa sin avisarme antes, tal vez la nota sí era de él, me puse nerviosa y no quise despertarlo. Pero el taconeo de mis zapatos lo levantaron, con voz ronca me dijo necesito hablar contigo. La saliva en mi garganta se volvió espesa y difícil de tragar. De qué le pregunté. Ya lo sabes, eres muy astuta y no debemos darle vueltas a esto, respondió. Recurrí al clásico escape femenino, no soy adivina, le dije. Me dices o entonces no tenemos nada de qué hablar. Enojado salió de la casa y en dos días no hablamos. Me cuestionaba la información que el podía haber recibido. No sabía los detalles que le habían contado. Así que cité a Joaquín en la cafetería de la oficina. Sin tanto protocolo le pregunté qué quería, por qué había dejado esa nota y que por favor dejará de decir que me había enredado con Agustín, el asistente financiero. Desentendido al principio y luego afirmando me respondió estar contigo. Déjate de idioteces, le contesté. Me miró con un gran vacío, pero asentó su mirada y dijo, si te asusta tanto le diré a todo el mundo, hasta que seas mía.  No te hagas ilusiones, no soy de nadie, le dije, antes de levantarme y salir por la puerta. Al cruzar el umbral me desmoroné, había cometido un error, y ninguna excusa haría que Guillermo me perdonara y no quería perderlo.

Decidí llamar a Guillermo y confiar en el amor. Pero lo haría con estilo citaría a los tres, y los enfrentaría, había ocurrido desde hace un tiempo, que existía una pequeña posibilidad de que Guillermo me perdonara. La llegada de las cuatro de la tarde se hizo eterna, desde una banqueta, vi como cada uno se acercaba a mi auto, me levanté y caminé lentamente, tratando de prolongar mi propia muerte, con la nota en la mano. Cuando llegué los cuatro nos miramos desentendidos pero al mismo tiempo conociendo el secreto de nuestro encuentro. Empecé hablando. Guillermo me acosté con Agustín, lo siento mucho le supliqué antes de continuar, fue una noche de trabajo, nos quedamos solos y simplemente sucedió, Joaquín insistió en que tuviéramos algo, pero me negué y ahora me chantajea con decírtelo pero prefiero que conozcas la verdad por mí. Todos se quedaron callados y empezaron a reír. Me quedé estática y avergonzada, definitivamente no entendía nada de nuevo. Guillermo me dio un abrazo y me dijo que estuviera tranquila, que le alegraba que yo siempre quisiera hablar primero porque siempre facilitaba las cosas. No entiendo, le dije. Porque, entonces, estabas enojado el otro día. Empezó a relatarme que había encontrado una nota el día que el había venido a explicarme que estaba viendo a alguien, y la verdad que se supone que yo conocía, sacó de su bolsillo una nota muy parecida a la mía y me la dio.

“Entiendo que vivir es parte de conocer todos los placeres, pero porqué decidiste defraudarme de esa forma, tocar el fruto encarnado de tu propio sexo, que se cultiva junto a mi campo laboral.

No era necesario que encontrarás una excusa, ni me plantarás una trampa para que por mi propio bien me alejara. No puedes jugar con mis pecados y tampoco con mis pensamientos” 

Querida, me dijo Guillermo, pensé que habías descubierto que era Gay, que en tu retiro laboral del año pasado me había acostado con Agustín y que lo de la noche del trabajo lo habíamos plantado para que sintieras culpa y te separaras de mí. Por eso fui a buscarte a tu casa y me pareció de mal gusto que no quisieras enfrentarlo directamente si sabías mi verdad. Miraba con rabia todo lo que habían hecho, sin embargo mi exposición me ponía en un lugar en el que no podía reclamar nada. Me quedaba una duda, porque Agustín había aceptado la cita, se lo pregunté. Guillermo y yo hablamos todo, pensé que hablaríamos de eso. Joaquín, sólo me miraba y disimulaba una sonrisa. Al final no había nada de qué hablar Agustín y Guillermo se fueron, y Joaquín sólo se quedó ahí. Le dije que subiera al auto, lo llevé a mi casa, le iba a dar lo que faltaba, la cereza, después de todo sí era una zorra y ya había estado en varias habitaciones.

Cuando desperté, el cuerpo donde había lavado mi rabia yacía a mi lado, una botella a medio terminar de vino que había servido de lubricante y un televisor mudo pero encendido contaba el desenlace de mi propia desdicha, un escritor había perdido varias páginas de su obra, cerca de la calle donde estacionaba mi auto, pedía recuperarlas, y se disculpaba con todos a los que sus páginas pudieron haber ocasionado un terrible accidente.

Despierta pintura, despierta.

El espejo del mundo se dibuja en una calculadora, las apariencias son la horma de la vestimenta de un siglo XXI apestoso y nauseabundo.

Graciosa es la simpatía de quienes dejan en las calles, sus huellas itinerantes, sus olores y prendas.

Hay que parecer para ser, incluso, para aquellos que estamos en el limbo de parecer invisibles.

Graciosa es la simpatía de quienes dejan en las calles sus huellas itinerantes, olores y prendas.

Hay que parecer para ser, incluso para los artistas es una regla, se lucha contra los estereotipos y sin embargo se secundan.

Graciosa es la simpatía de quienes dejan en las calles sus huellas itinerantes, olores y prendas.

Me levanto de una tumba gloriosa y me desvío de las miradas cicatrizantes, estoy ahí y estoy allá pero no respondo a los símbolos acuarelizados.

Indigestión

Mi lengua se anuda, tengo tantas cosas que pronunciar pero mi garganta es un puente intermitente, se sellan las letras en mi lengua, se convierten en mis pupilas las saboreo pero no se dejan pronunciar, siento su descenso en los ríos que enjuagan mi boca.

Me duele, es efervescente, efecto placebo.

 

La danza de la madurez

Palpita la llaga de su cerebro, convocando combinaciones gramaticales mientras saliva para darse un poco de tiempo.

Glóbulos de sangre se coagulan en las mejillas y pecho. Arde la caricia que eriza los músculos de sus extremidades.

Cuestiona la danza de los dilemas ¿Dónde bailan sus dilemas? piensa.

Se aprende los pasos, cuando practica la oxidada comunicación, el suelo es sarcástico, lo hace naufragar a cada paso y lo engaña embelleciendo su torpeza.

La corteza de sus pies delata la juventud de su pistilo.

Su cuerpo salta en el tiempo ahogada por la sutil verdad que arruina el espíritu hambriento y esquelético.

Calcula los milímetros de su espacio e interroga lo que no tiene sentido.

La locomoción de la inconformidad le agrieta el zapato, suplicando la transpiración de la hermosura, incolora, inmune al tacto y resplandeciente al titubeo de los labios.

Contemporaneidad

Láminas almibaradas que tocan tus finos pulgares, esas que cuando terminan los rieles que conducen tus pupilas secan la pasta que se llena de partículas traducidas en olvido.

Se suman los géneros difamados por pseudo-contructores de la realidad ficticia.

Cultura y pena se funden como cera, rescatan la alquimia de caracteres y patrones convertidos en lo común.

Ahora relata una mirada para ti, para que te haga sentir que las ideas que están en las venas tienen sentido y no han perforado el pecado original de la imaginación.

El paisaje de tu ombligo.

La esquinilla del estómago abultado se inmoviliza por días, se alimenta de las toxinas que emergen de un cuerpo gastado.

La nariz pulveriza los aromas de una cloaca, la pálida agudeza de unos pies descalzos, el viaje redundante que se dibuja en los costados.

Las montañas calcificadas que lo rodean, estáticas a su movimiento.

Se asoman en aquellas rugosidades, largas y suaves.

Besan el puente que se maquila en el soporte del cuerpo

Soles cubren lo que una vez fue libre

Calientan ese abdomen que cubre una región lejana

la geografía traviesa.

Cesta de pan

En las costas de la India, a un costado del mar, se agrupaban las casas formando una línea de color ocre, la iglesia contrastaba por sus grises paredes y su enorme puerta negra que ya no abría. El único que entraba y salía era el Padre Juan, se había mudado con un propósito divino hace varios años, tantos que había perdido la cuenta y a sus fieles: la iglesia se había convertido en su domicilio oficial para practicar la veneración.

Cada tarde salía en busca de aire fresco y de frutos jóvenes para lidiar con su soledad. El barrio estaba marginado pero cuando salía con una cesta de pan y dulces, los niños corrían ansiosos a visitarlo, brotaban de todos lados, como cuando se hecha agua en un hormiguero, una vez que los conquistaba con manjares que en sus casas no recibían, los llevaba a la iglesia a jugar a “la misa”. Los disfrazaba, uno a uno, de ancianos, fanáticos y adictos. Así llenaba los asientos vacíos, él también cumplía con el ritual y se preparaba para dar misa, para cuando empezaba, algunos niños se habían escapado, los que se quedaban, esperaban más pan al final. A las siete de la noche, los dejaba ir, habían recibido misa y habían sido absueltos de sus pecados. Cerraba la puerta negra y no se abría hasta que tuviera lista otra cesta de pan.

Tal exquisitez tardaba, pues el padre decía que eran uno de los misterios del de arriba, pues aparecían sobre la mesa, sin embargo era él quien los preparaba porque sus ropas quedaban blancas de polvo de hornear. Mientras recogía las prendas que los niños habían dejado en los asientos, se dio cuenta de que uno seguía ahí, se había quedado dormido mientras la letanía era dictada. Se quedó observando cómo el niño respiraba y cómo movía sus manos para espantar a los demonios de su sueño por un largo rato. Lo cargó en sus brazos y lo llevo a uno de los catres que tenía la iglesia, le quitó suavemente las sandalias y lentamente la camisa para cubrirlo con una manta. Apagó la única luz, puso seguro en su habitación y se fue a dormir.

A la mañana siguiente lo único que había quedado eran los zapatos del niño, porque hasta la manta había desaparecido. Sus días fueron transcurriendo normalmente, fríos y apagados a pesar del intenso calor. Otra cesta de pan estaba lista, así como los disfraces. Salió a pasear una vez más, y se sentó en un tronco. El olor del pan horneado no había despertado a las almas infantiles y tardaron un poco más en aparecer. En el horizonte incandescente se levantaba un polvo seguido por los niños que gritaban y se acercaban en forma de estampida, cuando todos se le acercaron , conocían la mecánica de recibir los panes y los dulces.

Los que ya habían devorado su parte empezaban a convertirse en sus personajes. El padre Juan buscaba entre ellos al niño que se había quedado la vez pasada, no lo encontró y tampoco estuvo dispuesto a preguntar. Hicieron todo como siempre, y al finalizar buscó en cada banca para que nadie se quedara. Cuando estaba asegurando la puerta detrás de él, se sintieron unos pasos, leves como una pluma pero rápidos como en una maratón, rompieron el silencio, se volteó rápidamente y se dirigió a su pieza al no encontrar nada. Mientras se cambiaba de ropa, un sonido aún más perturbador, no sólo rompió que el silencio agudo sino con el de su espíritu. Se escucharon tres carcajadas seguidas de un golpe. Asustado y molesto pensó que se trataba de una travesura, buscó en todas partes, pero no encontró nada, cuando recordó que podían escabullirse por la cocina que quedaba en el piso de abajo. Saltó los escalones y lo que vio lo hizo recordar la brutalidad de la influencia divina aquella noche. Cuando había decidido mutilar al niño y licuarlo para hacer una nueva cesta de pan.

Donde los sueños corren

Me acuesto sobre la alfombra, cansada del polvo y pretendo dibujar los necios que gritan desde las ventanas que debo bajar. Los insectos se pasean cual parque inaugurado, se pierden entre las frondosas hierbas que recrean las grandes hebras parduscas. El día es opresivo, su luz amarillenta me acaricia los pómulos enrojecidos por la rápida agitación ¡Como detesto que me toque!

Un impulso me encadena al golpe de levantarme, mi tobillo se trunca, se endereza, se prepara ¿Por qué? ¿Qué es? ¿Qué hago? ¿Cómo lo hago? Me toca, mi pierna también lo sigue, se dobla, se despega, corro ¿Dónde estoy ¿Dónde estás? ¡No!

No pierdas tiempo ¡corre! no ves que la marea sube, se pasean los huéspedes, nauseabundos en los columpios, esos que quedan en la espumilla del mar después de penetrar las rocas. Advierte la lejanía de las camarillas agotadas de no buscar, mira los ojos pálidos, casi albinos, míralos combinar con las membranas humanas ¡Escóndete! Siente el sonido sobre tus pies, acuérdate de ese vibrar nostálgico.

¡Corre! No mutes oídos, no mutes ojos, no mutes bocas. Es mas, esconde manos, esconde pies, derrítete con el sudor de la persecución. Se estados, se sólidos, sé líquidos, mézclate con el humo del cigarrillo. ¡Piérdete! ¡Abandónate¡ ¡Desperdíciate!

La arena del desierto se ha vertido en los mares, no has corrido ¿Dónde has estado?, no has saltado ¿Dónde has mirado? Ya no eres imagen aferrada a una figura, no eres don, eres una sabandija en la ciudad de la Gloria.